Jarabacoa, 1996
En un arrebato de hacer resaques y desechar cosas viejas me encontré recientemente con un cuaderno de apuntes antiguo (circa 1996-1997) que contenía el feliz recuerdo de las hermosas vivencias de uno de los viajes que hice durante mis años en la universidad a la República Dominicana. En el 1996 asistía por tercera vez a un voluntariado en Jarabacoa -a mi entender, un paraíso terrenal, al menos en aquella época-, región cercana a la Cordillera Central de la República Dominicana, mejor conocida como "Los Alpes Dominicamos". Allí experimenté durante cinco veranos la alegría de poder ayudar -aunque en una medida minúscula, porque en unos efímeros días de verano no se puede cambiar el mundo- a personas verdaderamente necesitadas que no hicieron otra cosa que edificarme por su alegría y su generosidad. Después de los veranos de voluntariado volví en tres ocasiones a la República Dominicana -una estancia de mes y medio en 1999, un viaje de estudios en el 2001 y una visita "flash" en el 2003- y desde entonces no he vuelto a viajar más al país vecino... En el 1999 casi me quedo terminando Arquitectura allí, pero no me fue posible por causas ajenas a mi voluntad. Siempre me pregunto cómo hubiera sido mi vida si se me hubiese dado ese proyecto, y a veces vivo de esos buenos recuerdos, porque verdaderamente todos mis recuerdos de la República Dominicana son bonitos.
El primer dibujo que aparece en esta secuencia es un boceto de "El Salto Jimenoa", una cascada que se encuentra en las entrañas de Jarabacoa, lugar muy concurrido por turistas, especialmente los que provienen de países europeos. Allí fuimos consecuentemente de excursión durante esos viajes de voluntariado, en el único día libre que nos brindaba el ajetreado plan de trabajo. Las aguas que bajan por esta hermosa caída pueden ser "congelantes" para jibaritos caribeños como nosotros, no así para los turistas que provienen de países fríos, ni para los habitantes del lugar. El segundo boceto corresponde a una casita típica, un bohío como cualquiera en el que viven la mayoría de las personas del sector, de esos que no sobreviven los huracanes y que parecería más bien una casita para muñecas y no para una ó a veces dos familias que se acomodan como pueden en el estrechísimo espacio. La que dibujé tenía al menos suelo en hormigón, pero miles viven en el suelo raso dentro de sus casuchitas.
En el tercer y cuarto boceto aparecen dos de las imágenes que más se me quedaron grabadas en ese viaje. La primera, un sagrario que contenía el Santísimo Sacramento y que encontramos nada más y nada menos que dentro de un minúsculo y desvencijado armario en una pequeña escuelita a la que acudimos para ofrecer clínicas médicas. Para llegar hasta allí tuvimos que hacer el último tramo del viaje a pie enjuto, atravesando además un río, con los inconvenientes que todo ello supone. Se podrán imaginar mi sorpresa al encontrarme al Señor Sacramentado encerrado en ese pequeño armario, donde verdaderamente se encontraba indefenso, pero haciendo una grata compañía a las almas del lugar. Debajo de esa imagen aparece una de las enfermeras que iba en nuestro grupo, haciendo una consulta a una de las madres que acudió para las clínicas con sus pequeños mocositos, como una gallina con sus polluelos. Y dije más arriba que esta fue una de las imágenes que más se me quedaron grabadas, porque en estas clínicas te topabas con la pobreza y la ignorancia, la candidez y la inocencia -la furia y la rebeldía en ocasiones- de personas que eran -son- víctimas de un sistema falto de justicia social y que paradójicamente acudían ansiosos a recibir una efímera ayuda, porque más bien lo que podíamos brindarles era algo de consuelo, compañía y solidaridad: universitarias -indigentes por definición- que no dábamos una ayuda grandilocuente ante los ojos de los hombres, pero que sí era enorme ante los ojos de Dios. Animo a los que tengan deseos de darse y ayudar, a canalizar esos deseos en alguna actividad por el estilo. Uno piensa que va a dar algo a alguien, pero resulta que termina recibiendo y -más aún- quedando en deuda con aquellos a quienes pensaba que iba a ayudar.
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